Una persona mayor ha empezado a caerse: ¿qué conviene estudiar?

«Mi madre se ha caído dos veces en el último mes. Antes caminaba sola y ahora la noto más insegura. ¿Será solo cosa de la edad?»

Una caída en una persona mayor nunca debería despacharse con un «son cosas de la edad». Caerse es más frecuente al envejecer, pero eso no significa que sea inevitable ni que no tenga explicación. Cuando alguien que antes no se caía empieza a hacerlo, la pregunta importante es qué ha cambiado.

La caída no es un diagnóstico: es una señal de alerta. A veces la causa es sencilla; otras, es la primera pista de que se han acumulado varios problemas pequeños.

Por eso, en Geriatría no nos interesa solo saber dónde se golpeó la persona. Nos interesa entender por qué se cayó y qué podemos cambiar para reducir el riesgo de una nueva caída.

Una caída casi nunca tiene una sola causa

Imaginemos a una mujer de 84 años. Tiene artrosis, ve algo peor que hace unos años, toma un antihipertensivo y un hipnótico, ha perdido fuerza después de una hospitalización y últimamente bebe poco porque no quiere levantarse tantas veces al baño.

Un día se levanta de la cama de madrugada, se marea durante unos segundos, camina sin encender la luz y tropieza.

¿Cuál fue la causa de la caída? Probablemente no hubo una sola.

Había menos fuerza muscular, peor visión, un medicamento sedante, posible hipotensión al ponerse de pie, oscuridad y un entorno desfavorable. La caída fue el resultado final de la suma de pequeños factores.

Por este motivo, el estudio de las caídas en una persona mayor debe ser multifactorial: hay que mirar la fuerza, la marcha, los medicamentos, la tensión arterial, la visión, el entorno y otros aspectos de salud.

Lo primero: reconstruir exactamente qué ocurrió

Antes de pedir pruebas conviene hacer algo muy sencillo: reconstruir la caída.

¿Estaba caminando o acababa de levantarse? ¿Tropezó? ¿Sintió mareo? ¿Perdió el conocimiento? ¿Recuerda haber caído? ¿Tuvo palpitaciones? ¿Había tomado algún medicamento nuevo? ¿Ocurrió de noche? ¿Había bebido alcohol? ¿Llevaba gafas? ¿Usaba su bastón o caminador?

También importa saber si pudo levantarse sola, cuánto tiempo permaneció en el suelo y si ha habido otras caídas o casi-caídas en los meses anteriores.

Una persona que dice «me tropecé con la alfombra y lo recuerdo todo» plantea un problema diferente de otra que dice «de repente estaba en el suelo y no sé qué pasó».

En este último caso debemos pensar también en síncope, alteraciones del ritmo cardíaco, hipotensión u otros problemas médicos.

¿Cómo camina?

Una de las partes más importantes del estudio consiste simplemente en ver caminar a la persona.

¿Camina despacio? ¿Arrastra los pies? ¿Da pasos muy cortos? ¿Necesita abrir mucho las piernas para mantener el equilibrio? ¿Le cuesta iniciar la marcha? ¿Se desvía hacia un lado? ¿Necesita apoyarse en los muebles?

También observamos cómo se levanta de una silla. Si necesita utilizar los brazos o realizar varios intentos, puede existir una pérdida importante de fuerza en las piernas.

Pruebas sencillas como la velocidad de la marcha o el Timed Up and Go pueden aportar mucha información sobre movilidad y riesgo de caídas.

Caminar es una tarea sorprendentemente compleja: requiere músculo, equilibrio, visión, sensibilidad, articulaciones, sistema vestibular y cerebro funcionando de manera coordinada.

El músculo: uno de los primeros lugares que debemos mirar

Con frecuencia, detrás de las caídas aparece algo que ha ido ocurriendo lentamente: pérdida de fuerza y masa muscular.

A esto lo llamamos sarcopenia.

Puede comenzar de forma discreta. La persona tarda más en levantarse, evita las escaleras, camina menos, deja de salir a comprar o necesita agarrarse para incorporarse.

Después llega una enfermedad o una hospitalización, pasa varios días en cama y pierde todavía más fuerza. Al volver a casa, el cuerpo que antes podía corregir un pequeño desequilibrio ya no responde con la misma rapidez.

Por eso una persona que empieza a caerse debe ser valorada también desde el punto de vista muscular, nutricional y funcional.

Y ésta es una buena noticia: el músculo es uno de los factores sobre los que más podemos intervenir mediante ejercicio de fuerza, actividad física y una nutrición adecuada.

La tensión arterial: no basta con medirla sentado

Algunas personas mayores se marean al ponerse de pie porque la presión arterial cae de forma excesiva. Es la llamada hipotensión ortostática.

Puede estar relacionada con deshidratación, determinados antihipertensivos, diuréticos, fármacos para el Parkinson, antidepresivos u otros medicamentos, además de enfermedades del sistema nervioso autónomo.

Por eso, cuando existen caídas o mareos, puede ser necesario medir la presión arterial tumbado y volver a medirla después de ponerse de pie.

Una tensión arterial excelente en la consulta no sirve de mucho si cada vez que la persona se levanta pierde presión, se marea y termina en el suelo.

Revisar todos los medicamentos

Éste es uno de los puntos que con más frecuencia podemos modificar.

Hay medicamentos que aumentan el riesgo de caídas por sedación, disminución de reflejos, hipotensión, alteración del equilibrio o confusión.

Entre ellos pueden encontrarse benzodiacepinas y otros hipnóticos, determinados antidepresivos y antipsicóticos, algunos antihipertensivos, diuréticos, opioides y otros fármacos con efectos sobre el sistema nervioso.

Esto no significa que haya que retirarlos automáticamente. Significa que debemos preguntarnos si siguen siendo necesarios, si la dosis es adecuada y si la combinación completa de tratamientos continúa teniendo sentido.

En una persona que empieza a caerse, revisar la medicación no es un detalle: forma parte del estudio.

La vista y el oído también cuentan

Para mantener el equilibrio el cerebro necesita recibir información correcta del entorno.

Una catarata, unas gafas mal graduadas, una mala iluminación o una pérdida importante de visión pueden aumentar el riesgo de tropiezos.

La audición también importa. Un déficit auditivo favorece aislamiento, reduce la información ambiental y puede contribuir indirectamente a inseguridad y deterioro funcional.

Por eso conviene comprobar que la persona utiliza correctamente sus gafas y audífonos y que la visión está razonablemente actualizada.

Los pies, el calzado y las articulaciones

A veces buscamos explicaciones muy sofisticadas y olvidamos mirar los pies.

Dolor, deformidades, neuropatía, uñas problemáticas, pérdida de sensibilidad o un calzado inadecuado pueden alterar la marcha.

También debemos valorar artrosis, dolor de rodilla o cadera y limitaciones articulares.

Una zapatilla abierta que se desliza, una suela gastada o un zapato demasiado grande pueden convertirse en un factor de riesgo perfectamente evitable.

¿Hay un problema neurológico?

Algunas alteraciones de la marcha pueden ser la primera manifestación de una enfermedad neurológica.

Parkinson y otros parkinsonismos, neuropatías periféricas, secuelas de ictus, alteraciones vestibulares o determinadas enfermedades cerebrales pueden producir inestabilidad.

Hay señales que merecen especial atención: arrastrar un pie, caminar con pasos muy cortos, congelarse al iniciar la marcha, presentar temblor o rigidez, perder sensibilidad en los pies o mostrar una asimetría que antes no existía.

Cuando la exploración lo sugiere, el estudio deberá orientarse hacia esa causa.

¿Y la memoria?

El cerebro participa continuamente en la marcha.

Caminar por la calle implica prestar atención, anticipar obstáculos, calcular distancias, orientarse y realizar varias tareas al mismo tiempo.

Por eso el deterioro cognitivo puede aumentar el riesgo de caídas incluso antes de que exista una demencia avanzada.

Una persona que se desorienta, interpreta mal el entorno o pierde capacidad de atención puede tener más dificultades para caminar con seguridad.

Si las caídas aparecen acompañadas de olvidos, desorientación o cambios en la capacidad para realizar las actividades cotidianas, también conviene valorar la función cognitiva.

Nutrición, vitamina D y enfermedades generales

La pérdida de peso, la malnutrición y la disminución de la ingesta favorecen pérdida muscular y debilidad.

Según la historia clínica y la exploración, puede ser razonable solicitar una analítica para buscar anemia, alteraciones metabólicas, problemas renales, trastornos tiroideos u otras causas de debilidad. La vitamina D puede valorarse cuando exista riesgo de déficit, pero una caída no debería convertirse automáticamente en una batería indiscriminada de pruebas.

Las pruebas deben responder a una pregunta clínica. En muchas ocasiones una buena historia, la exploración, la revisión de medicación y la valoración funcional aportan más que solicitar estudios sin una hipótesis concreta.

La casa también debe ser explorada

Una ventaja de la valoración geriátrica a domicilio es que podemos ver el escenario real en el que ocurren las caídas.

Conviene fijarse en alfombras que se desplazan, cables, pasillos oscuros, escaleras sin pasamanos, bañeras difíciles de utilizar, baños sin barras de apoyo, muebles colocados en zonas de paso o camas demasiado altas o demasiado bajas.

A veces pequeñas modificaciones ambientales tienen un impacto enorme.

Pero tampoco debemos caer en el error de pensar que basta con retirar las alfombras. Si una persona se cae porque ha perdido fuerza, tiene hipotensión y toma varios sedantes, adaptar la casa es útil, pero no resuelve el problema completo.

El miedo a volver a caer puede convertirse en otro problema

Después de una caída muchas personas desarrollan miedo.

Empiezan a caminar menos «por si acaso». Dejan de salir. Evitan las escaleras. Permanecen más tiempo sentadas.

Parece prudente, pero puede iniciar un círculo peligroso.

Menos movimiento significa menos músculo. Menos músculo significa peor equilibrio. Y peor equilibrio significa más riesgo de volver a caer.

Por eso, salvo que exista una contraindicación, la respuesta a una caída no debería ser inmovilizar a la persona, sino recuperar de manera segura fuerza, confianza y movilidad.

¿Necesita un bastón o un caminador?

A veces sí, pero una ayuda técnica debe estar bien indicada y correctamente ajustada.

Un bastón utilizado a una altura incorrecta o un caminador que la persona no sabe manejar puede incluso aumentar la inseguridad.

Lo ideal es valorar qué dispositivo necesita, enseñarle a utilizarlo y comprobar que puede manejarlo en su entorno habitual.

El objetivo de una ayuda técnica no es hacer a la persona más dependiente. Es permitirle moverse con mayor seguridad y conservar actividad.

¿Hay que hacer un TAC o una resonancia a todo el que se cae?

No necesariamente.

Las pruebas de imagen no deben solicitarse automáticamente por el hecho de existir caídas repetidas. Se indican cuando la historia o la exploración hacen sospechar una causa neurológica, cuando ha existido traumatismo craneal con criterios de riesgo o cuando aparecen determinados signos de alarma.

Lo mismo ocurre con estudios cardiológicos más complejos.

Si existe pérdida de conocimiento, palpitaciones, dolor torácico, caída sin explicación o alteraciones en el electrocardiograma, habrá que profundizar en esa dirección.

El estudio debe ser dirigido. No se trata de pedirlo todo, sino de preguntar bien y explorar mejor.

Entonces, ¿qué estudiamos ante caídas repetidas?

En una valoración geriátrica solemos integrar varias piezas: cómo ocurrió la caída, cómo camina la persona, su fuerza y equilibrio, la presión arterial, la posible hipotensión ortostática, la medicación, la visión y la audición, los pies y el calzado, el estado neurológico, la función cognitiva, la nutrición, las enfermedades agudas o crónicas y las características del domicilio.

Según lo que encontremos, podremos necesitar electrocardiograma, analítica, valoración cardiológica o neurológica, pruebas de imagen, rehabilitación o fisioterapia.

Pero no existe una única «prueba de las caídas».

Precisamente porque una caída suele ser el resultado de varios factores, la herramienta más útil es una valoración global.

Hay caídas que requieren una valoración urgente

No todas las caídas pueden esperar a una consulta programada.

Debe buscarse atención médica urgente si tras una caída existe pérdida de conocimiento, dolor torácico, dificultad respiratoria, déficit neurológico nuevo, incapacidad para levantarse o apoyar una extremidad, deformidad evidente, traumatismo craneal importante, somnolencia o confusión nueva, sangrado significativo o un deterioro general llamativo.

También debemos tener especial precaución después de un golpe en la cabeza si la persona toma anticoagulantes.

La pregunta no es sólo por qué se cayó, sino cómo evitamos la siguiente

Ese es el verdadero objetivo.

Podemos corregir una hipotensión, retirar o ajustar un medicamento innecesario, tratar un problema visual, mejorar el calzado, adaptar el domicilio, corregir la malnutrición, indicar ejercicio de fuerza y equilibrio, proponer fisioterapia, elegir una ayuda técnica adecuada y tratar una enfermedad neurológica o cardiovascular si aparece durante la valoración.

En muchas personas no podremos eliminar por completo el riesgo, pero sí reducirlo de forma importante.

La idea que me gustaría que recordaras

Cuando una persona mayor empieza a caerse, no debemos aceptar automáticamente que «es porque se está haciendo mayor».

Una caída puede ser la primera manifestación de pérdida muscular, fragilidad, hipotensión, efectos adversos de medicamentos, deterioro visual, problemas neurológicos, alteraciones cognitivas o simplemente la suma de varios factores pequeños que han terminado superando la capacidad de compensación de esa persona.

Por eso una caída es también una oportunidad.

Una oportunidad para mirar cómo camina, cuánto músculo conserva, qué medicamentos toma, cómo ve, cómo está su cerebro y qué obstáculos existen en su casa.

Y, sobre todo, para actuar antes de que la siguiente caída termine en una fractura, una hospitalización y una pérdida de autonomía.

En Geriatría no queremos únicamente tratar las consecuencias de una caída.

Queremos entender por qué ocurrió y conservar durante el mayor tiempo posible algo mucho más importante: la capacidad de levantarse, caminar y seguir viviendo de forma autónoma.

Este artículo tiene finalidad divulgativa y no sustituye una valoración médica individual.

¿Tu padre, madre o familiar se ha caído más de una vez últimamente?

Una valoración geriátrica permite identificar qué está fallando —fuerza, medicación, visión, tensión arterial o el propio domicilio— y actuar antes de que se produzca una fractura o una pérdida de autonomía. En Geriatra en Casa realizamos valoración geriátrica a domicilio en Sevilla y consulta online, incluyendo la revisión del entorno del hogar.

Solicita una valoración geriátrica · Consulta online disponible · Atención a domicilio en Sevilla


Dra. Cristina Garzón Rodríguez Especialista en Geriatría Geriatra en Casa — Sevilla

Compártelo:

Otras Publicaciones

Geriatra en casa
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.